Desarraigados


¿Por qué en una época que nos exige movernos todo el tiempo, adaptarnos a cualquier cambio y mostrar siempre una sonrisa de éxito, tantas personas sienten de repente un vacío que las paraliza? Vivimos en una sociedad que premia la velocidad y la desconexión rápida de los afectos. Ante el dolor o el desgano profundo, la respuesta suele ser casi automática: rotular el malestar como un problema químico en el cerebro, taparlo con etiquetas o despacharlo como un simple estrés de oficina. Sin embargo, el sufrimiento humano rara vez encaja en soluciones tan mecánicas. Cuando las referencias que ordenaban nuestra vida se rompen, lo que tambalea no es un engranaje biológico: es el suelo mismo sobre el que estábamos parados.
En este punto exacto se detiene Desarraigados (Paidós). El libro reúne una serie de conversaciones clínicas coordinadas por Jacques-Alain Miller junto a un grupo de colegas dedicados a la terapia psicoanalítica. Lejos de los manuales fríos, el texto abre las puertas de las historias reales para preguntarse qué le sucede a una persona cuando pierde su lugar en el mundo y cómo hace para reconstruirse desde las cenizas.
Perder el lugar: La caída de las certezas y el dolor silencioso
Solemos asociar la palabra «desarraigo» con mudarse de país o cruzar una frontera. Pero las páginas del libro muestran que el desarraigo más desgarrador ocurre muchas veces sin salir del propio barrio: sucede cuando se pierde un trabajo de toda la vida, cuando una pareja se disuelve o cuando los lazos que sostenían nuestra autoestima se deshacen de un día para el otro.
El libro relata, por ejemplo, la historia de una mujer que durante más de veinte años fue el pilar indiscutido de su trabajo en un hospital y el único sostén de su hogar. No descansaba nunca, soportaba sobrecargas físicas y jamás se quejaba, convencida de que «todo dependía de ella». Cuando un problema en la columna le impidió seguir levantando peso y las autoridades de su empleo la apartaron de forma despiadada, su mundo entero se vino abajo. Al perder su empleo, no perdió únicamente un sueldo: sintió que había perdido su dignidad.
Lo revelador del análisis no es solo la dureza laboral del entorno, sino lo que ella sentía íntimamente: en lugar de enojarse o reclamar por la injusticia, se llenó de autorreproches, creyéndose culpable de su propia desgracia e indigna de recibir ayuda. Su entrega desmedida no era una simple virtud; era una pesada exigencia interna con la que intentaba demostrar desde chica que tenía derecho a un lugar, cargando con una culpa que arrastraba desde la adolescencia. Cuando esa rutina protectora se rompió, quedó a la intemperie.
Esta vivencia de quiebre guarda un puente directo con lo que ocurre en las partidas reales: tal como profundizamos al reflexionar sobre los múltiples asuntos en juego en nuestro texto sobre emigrar y el duelo migratorio, trasladarse a otro lugar jamás se reduce a un simple trámite geográfico. Existe con frecuencia la fantasía de que los conflictos se dejan en Ezeiza y que al cambiar de escenario el malestar desaparecerá, pero pronto se constata que uno se lleva a sí mismo a donde vaya. La valija puede pesar veintitrés kilos, pero lo que se carga a nivel subjetivo —la propia historia, las culpas no resueltas y el lugar que se ocupaba en la familia— no se despacha en ningún mostrador.
Tanto quien emigra a otro continente como quien es empujado fuera de su lugar cotidiano se enfrenta a la misma conmoción en su identidad. Aparece entonces esa soledad tan singular de no ser leído entre líneas: el idioma puede ser parecido, pero los códigos implícitos y la complicidad cultural ya no están, dejando una sensación de desconexión donde el lazo social parece no tener espesor. A esto se suma la paradoja dolorosa de la culpa —el sentirse en falta por estar bien mientras los afectos quedaron lidiando con la crisis de origen— y la angustia silenciosa ante el paso del tiempo: ver envejecer a los padres a través de una videollamada y notar que una pantalla jamás sustituye a un abrazo. En definitiva, si la dificultad habitaba en lo propio, mudarse no la disuelve, solo le cambia el decorado; y el verdadero desafío no reside en adaptarse a las apuradas, sino en atravesar el desprendimiento necesario para construir, con tiempo y paciencia, un lugar que se sienta genuinamente habitable.
En nuestro espacio de tratamiento con un psicólogo online argentino, somos testigos de cómo estos dolores no se alivian imponiendo recetas de autoayuda ni exigiendo una recuperación apurada, sino dándole tiempo a la persona para poner en palabras qué era exactamente lo que ese lugar perdido representaba para su vida y como incluir los cambios y lo nuevo.
Salidas hechas a mano: La invención de un sostén propio
La segunda gran lección de Desarraigados es que, frente al derrumbe, no existen salidas estándar. Cada persona necesita inventar su propio modo de volver a armarse.
El libro lo ilustra con calidez a través de la experiencia de una joven apasionada por el arte que cargaba con una angustia muy particular: se le hacía casi imposible dar por terminadas sus pinturas. Cada vez que intentaba dibujar figuras humanas claras, sentía que su propia intimidad quedaba expuesta de una manera invasiva y abrumadora ante los ojos de los demás. En lugar de sentirse cómoda conversando o mostrando lo que hacía, prefería encerrarse y guardar silencio. La palabra le resultaba ajena y las relaciones con su entorno eran sumamente difíciles.
Durante sus conversaciones clínicas, cuando el espacio de escucha le permitió pensar cómo ponerle un marco a lo que la desbordaba, surgió una solución inesperada y profundamente creativa: la joven tomó pequeñas raspaduras de pintura seca de un cuadro viejo y las pegó en una esquina de su nuevo lienzo. Ese pequeño pedacito de material, algo que para cualquiera hubiera sido un simple desecho, para ella funcionó como un punto de apoyo. Al colocar ese detalle, las figuras dispersas encontraron un sostén, la obra pudo declararse finalizada y ella logró, por fin, pasar a pintar el siguiente cuadro.
Este hallazgo muestra una verdad fundamental de la clínica que orienta nuestra práctica: cuando alguien no se siente cómodo en los moldes comunes de la sociedad, no hay que forzarlo a encajar ni a actuar un personaje que no siente. Se trata, más bien, de acompañar esos recursos singulares —a veces mínimos, cotidianos y casi invisibles para el resto— que le permiten a cada individuo sentirse más seguro con su cuerpo y en su relación con los otros.
Habitar la propia historia
Desarraigados no es un libro teórico para especialistas aislados en una torre de marfil; es una obra que habla del dolor de quedarse sin red y de la valentía que implica volver a construirse. Nos recuerda que sentirse desorientado ante una pérdida mayúscula no es una falla que deba corregirse con mandatos de optimismo.
Cuando las certezas familiares, laborales o afectivas se desmoronan, el desafío no consiste en fingir que no pasó nada, sino en abrir una pausa para preguntarse quién es uno a partir de esa herida. Dar lugar a esa pregunta subjetiva sigue siendo el camino más honesto para transformar el vacío en una nueva forma de habitar el mundo.
Redactado por el Equipo de Psicólogos Online Argentina (Especialistas UBA)
Revisado por la Lic. Cecilia Alejandra Brondolo (M.N 28.261) - UBA


